Mamá dijo: no mires las rosas, aparta tu nariz del eje de su hoguera, no aspires su fragancia, es humo ardiente que te infectará de uta, los gusanos que incuban en el centro sutil carcomerán tu garganta, destruirán tu cara y tragarán tus ojos.
Después de varios años compré
rosas amarillas, las traje temblorosa entre mis manos desde el mercado de Breña
donde antes rehuía su mirada. El muchacho delgado me vio pasar cerca de la
cafetería.
─¿Adónde
vas tan de prisa?; ven tomemos un café ¿qué llevas entre tus manos? Sin
desviar la mirada le respondí: Llevo
rosas amarillas a mi casa. Y seguí mi camino.
Las coloqué en el florero de cristal
y las miré extasiada. Acerqué mi rostro y aspiré su fragancia, un aroma suave y
delicado ingresó por mi nariz, olí profundo y enjuagué mi sangre, corté la
liana de espinas que me ataban. Dejaron de crujir mis huesos, liberaron las
moscas sus rencores.
Mi corazón se concibió parte del
rosal, fue el día en que mamá se convirtió en un triángulo rojo y no pudo
detener mis pasos a la florería.